Como todo en la vida, aquel año pasó a mejor vida, y lo que se prometía como un regreso a casa, se convirtió en una ampliación de la estancia sin fecha de retorno.
En este punto una decisión. A partir de aquí un nuevo trazado en el rumbo de la familia. La única patria está junto a los tuyos.
En este punto una decisión. A partir de aquí un nuevo trazado en el rumbo de la familia. La única patria está junto a los tuyos.
Hay que imaginarse la situación, una madre que, si bien estaba acostumbrada al cambio y a las putas mudanzas, se enfrentaba a algo mucho mas grande que todos los cambios imaginables hasta ese momento. Los viajes a principios de los noventa no eran como ahora, ni por tierra ni mucho menos por aire, las comunicaciones aún menos, (la inmigración te cambia, es como un click en el cerebro que ayuda a destruir prejuicios); y como lo desconocido siempre infunde terror, aquella mujer tuvo que pasar por momentos difíciles. Dos niños a cuestas, ella de 15 años y él de 11, cargados como una caravana gitana camino al rocío y con la incertidumbre por bandera.
Tras 12 horas de viaje allí estaban, finalmente habían llegado a la tierra prometida. Aquel niño de 11 años estallaba en ilusiones de volver a ver a su padre, y las primeras horas de aquel reencuentro en tierra extraña fueron talladas en su mente como a cincel y martillo para siempre.
Conoció por primera vez las calles Lavalle y Florida "las peatonales de los turistas", repletas de salas de juegos, restaurantes con gigantescas cristaleras donde podían observarse vacas enteras entablilladas en estacas y cocinándose en grandes hogueras, lujosos cines con ostentosas luces y enormes carteleras con las películas del momento, gente de mal vivir ofreciendo vayausté a saber que cositas en las esquinas, quioscos repletísimos de revistas de mil colores, tendencias y formatos, millones de tiendas y galerías comerciales, lugares donde comprar desde el más lujoso reloj hasta una camiseta de los Stiff Little Fingers, pasando por armas, discos inéditos, pulseras y cinturones de pinchos, camisitas de las caras, y mil artefactos. A los inocentes ojos de aquel niño todo aquello se le antojaba sacado de una película, algo así como las calles de Nueva York, donde nadie se inmutaba ante lo extraño y donde todo lo que una desbordada imaginación infantil podía imaginar estaba a punto de ocurrir. Aquella amalgama de olores, luces, colores y gentes extrañas le encandiló desde el primer momento.
Poco podía imaginar aquel jodío mocoso que esos momentos y trozos de tiempo vivido se convertirían en la primera de las experiencias que recordaría para toda su vida como postales envejecidas de tiempos olvidados, difícil entender que 22 años más tarde seguirían ancladas en su mente atacando con feroz nostalgia a la hora de ponerlas por escrito...
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